La primera película que dirigió Victor Fleming —futuro autor de clásicos como El mago de Oz o Lo que el viento se llevó— podría ser perfectamente uno de los mejores debuts de la era muda: divertida, imaginativa y con algunas secuencias inolvidables como la surrealista escena onírica inicial o la inundación que cierra la película. Filme definitivo de Douglas Fairbanks, estrella de la época. Aquí vemos al actor en estado de gracia, desplegando tanto sus habilidades atléticas como sus dotes para el humor, transmitiendo un mensaje entusiasta y vitalista, fiel reflejo de su personalidad.
